Por Agustina Meuli*

Desde 1967 cada vez que se habla de Ernesto “Che” Guevara se lo define como un líder revolucionario, alguien que llevó sus ideales hasta el final sin dar brazo a torcer y peregrinó siempre con el ejemplo, pero la historia nos cuenta una versión muy distinta. Basta solo con conocer  los hechos para darse cuenta de que “El Che” no fue un idealista, ni un político, ni un buen estratega; y si uno, además, se toma el trabajo de analizar lo que predicó  junto a su accionar durante su etapa revolucionaria, podrá comprobar con total facilidad que sus ideales no eran firmes y que los individuos a quienes prometía libertad no tenían para él ningún valor humano. Lo único que podemos concluir es que el fracaso de su lucha fue el inevitable fracaso que sufre todo modelo populista.

Al señor Ernesto Guevara la política no le interesaba en lo absoluto, era muy monótona y estaba llena de formalismos. Desde temprano es notable en él un desprecio por la sociedad organizada y la burocracia -el cual luego veremos traducido en un odio al capitalismo. Sin embargo, gracias a su primera mujer, Hilda Gadea, en 1954 encontró en el comunismo ortodoxo lo que necesitaba: una causa que le revelaba un mundo hostil contra el cual luchar.

Se decidió a la acción política cuando tuvo la oportunidad de intervenir en una revolución, en Guatemala, donde descubrió su fascinación por la guerra y la violencia, evidenciado en una carta a su madre donde escribe “Me divertí como un mono durante los días del bombardeo. El bombardeo más leve tiene su grandeza”. Pero es en Sierra Maestra donde experimenta por primera vez el placer de matar en combate, acto que consideraba una liberación, el climax de la vida guerrillera. A Pablo Neruda le expresa “Cuando la hemos probado no podemos vivir sin la guerra. En todo instante queremos volver a ella”. Según su pensamiento, el bien y el mal se traducían en coraje y cobardía, con esa vara juzgaba hasta a sus propios compañeros, a quienes humillaba gustosamente cuando caían abatidos por el hambre, el cansancio, la sed y/o las enfermedades; no había lugar ni piedad para los débiles.

Ante el triunfo de la revolución cubana el Che quedó a cargo de los fusilamientos, que se realizaban tras juicios celebrados sin la menor validez legal. El conteo de muertes llegó a 164, de las cuales no en todas fueron colaboradores de Batista, si no que también hubo, irónicamente, campesinos. Su justificación para ésta disposición fue: “Tenemos que crear la pedagogía de los paredones de fusilamiento y no necesitamos pruebas para matar a un hombre”, dijo en 1959 a los tribunales revolucionarios. A ésta sumatoria podemos agregar, según el testimonio del sacerdote Bustos Argañaraz, cómo las familias de los fusilados se presentaban a retirar los cuerpos y eran obligados por “el Robin Hood Cubano” a desfilar por delante del paredón, manchado con la sangre de las víctimas. Indiscutible muestra de crueldad.

Y por si la indiferencia hacia los “traidores de la revolución” resultara poca, la misma se manifestó también hacia el supuesto motivo de su lucha: los trabajadores y campesinos, quienes no desempeñaban ningún papel en la guerrilla, y qué mejor ejemplo que su entusiasmo durante la crisis de los misiles, plasmado en sus cartas, donde expresa que no suspiró de alivio ni dio gracias por la tregua, mostrándose sumamente insensible ante la posible masacre y sufrimiento del pueblo cubano.

Su fe en su propia omnipotencia y la seguridad de que bastaba con proponerse un objetivo para lograrlo lo llevaron a aceptar la presidencia del Banco Nacional de Cuba, sin tener ningún conocimiento o experiencia previa, y fue así como sus ambiciones, su ineficiencia y las absurdas e infundadas teorías guevaristas sobre la centralización de la economía y la abolición del mercado llevaron al colapso la ya endeble economía cubana, las principales razones son: el abandono del cultivo de caña de azúcar, el único producto que tenía capacidad de exportación, argumentando que favorecía al imperialismo; y la acelerada industrialización que carecía de tecnología adecuada y de insumos. A principios de 1960 ante la falta de energía eléctrica y la escasez de alimentos y productos esenciales se puso en práctica la libreta de racionamiento, esto se sumó al trabajo agotador mal remunerado, los extensos horarios y la desaparición de feriados y vacaciones, creando una gran disconformidad en la población, lo que despertó el lado más duro del Che: la represión y el terrorismo de estado. Poco después se crearon los campos de concentración, destinados a la “reeducación mediante el trabajo”. Ese fue el momento en el cual Fidel comenzó a escuchar voces divergentes al Che, quien era conflictivo para Estados Unidos y últimamente para la URSS, por sus fuertes críticas hacia la nueva política de descentralización de la economía (lo cual se contradecía con su aborrecimiento a la burocracia, ya que una economía centralizada es su principal causa) y su vuelco al libre mercado. Además se oponía a la coexistencia pacífica de los rusos con el mundo capitalista, ganándose el odio de los partidos comunistas. Fue así como progresivamente el guevarismo terminó por ser lo opuesto al pensamiento de Marx: sustituía la democracia por la dictadura política, el partido por la guerrilla, la lucha de clases por la lucha entre naciones, la clase trabajadora por el campesinado, las condiciones objetivas por el voluntarismo y, lo más incongruente de todo, trataba de aplicar el socialismo propuesto para naciones desarrolladas en los pueblos más pobres, esperando que surgiera como resultado de la miseria rebelada y no del desarrollo, aún en un momento en el cual el movimiento comunista mundial entraba en su ocaso y las naciones abrían cada vez más sus economías.

En cuanto al talento militar y estratega del Che, el mismo está desmentido por los hechos: todos sus intentos de guerrilla fueron un fracaso. Nunca se preocupó por conocer las relaciones entre las clases, el grado de desarrollo o las condiciones de vida de quienes suponía liberar, y con la derrota descubrió que los factores económicos, políticos, sociales y culturales no podían desconocerse ni eran modificables por el solo hecho de proponérselo. Quiso expandir la revolución creando focos guerrilleros en todo el mundo (“Crear muchos Vietnam es la consigna”) y no vio la excepcionalidad del caso cubano, ya que contaba con factores únicos: Primero que nada, la victoria en Sierra Maestra fue exclusivamente una obra de Fidel, quien era un hábil estratega; en segundo lugar, los éxitos militares se debían, por sobre todo, a la débil voluntad de defensa del ejército de Batista; y lo más importante es que la revolución Cubana no era aún una revolución de izquierda, sino una lucha contra una dictadura ya desacreditada, y por ende contaba con el apoyo de un amplio sector de la burguesía y la clase media, sin contar las bases logísticas en México y Venezuela y el apoyo de otros gobiernos latinoamericanos y el estadounidense. En su viaje al Congo experimentó una gran decepción al llegar, ya que se encontró con un idioma y costumbres que no comprendía y guerrilleros que se dedicaban a beber y abandonaban el combate dejando sus armas detrás para poder huir más rápido; como expresó en su diario: es la historia de un fracaso. Se retiró con los cubanos sobrevivientes y se dio cuenta de que no tenía dónde ir; según algunos autores, convencido de su soledad y su falta de probabilidades decidió iniciar la guerrilla boliviana y sellarla con su segura inmolación. A mitad de su viaje en la selva, desprovistos de alimentos, agua y medicamentos, el Che y sus guerrilleros siguieron adelante; el argentino no trató de salvarse él ni a sus hombres, ya no buscaba la victoria sino la muerte en combate, que para él era el acto de libertad suprema. No se mató pero se dejó morir.

Terminó su vida como un mártir, pero la historia nos ha enseñado numerosas veces que el martirio  no es prueba alguna de verdad ni de honor: los nazis en la Segunda Guerra Mundial inmolaron su vida, como el Che, sin embargo la heroicidad en sí misma no hizo que se valorizara una causa equivocada; hoy en día los terroristas islamitas se inmolan en nombre de su religión, llevándose con ellos numerosas vidas inocentes, pero aún así el mundo no da lugar a que se les rinda homenaje, entonces ¿por qué permitimos que se sigan alzando banderas y monumentos en honor a un mediocre sediento de sangre, a quien se idolatra por el momento de su derrota y no por una contribución al mundo? ¿o que simplemente se lo considere ícono de la lucha contra la injusticia social cuando no conocía a fondo ni sus propios ideales? Es momento de que dejemos de conmovernos por héroes autoproclamados cuyo afán es ir en contra de lo que los rodea sin mayores fundamentos, la historia nos recuerda a gritos nuestros errores y nosotros seguimos alzando estatuas en sus nombres.

*Agustina Meuli Miembro del Grupo Joven de la Fundación Federalismo y Libertad

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