Por: Gustavo F. Wallberg*

Hace un cuarto de siglo el experimento comunista concretó su fracaso con la caída del muro de Berlín, y dos años después lo formalizaría con la desaparición de la Unión Soviética. De todos modos, el muro era una confesión: ningún sistema funciona si sólo retiene población por la fuerza.

Los hechos eran claros mucho antes. Era suficiente comparar Alemania Federal con la oriental (la mal llamada “República Democrática”). O Corea del Sur con Corea del Norte. En ambos casos, una misma historia, un mismo pueblo, los mismos recursos básicos. Y diferentes resultados, con el sistema de organización social como única diferencia básica.

Occidente, como era una forma de referir a los países esencialmente capitalistas, o al menos aquellos donde se mantenían democracias competitivas, fue durante décadas denostado por la crítica comunista. Que llegaba a muchos porque las fallas en esos países eran evidentes. Pero se comparaban realidades capitalistas con promesas comunistas. La caída del muro de Berlín fue la manifestación de una comparación dejada de lado y más certera, la de capitalismo real con comunismo real. Fuera de promesas, la realidad mostró la superioridad de Occidente.

Considerando todas las variables que definen un buen nivel de vida, computando lo material y lo inmaterial, los países occidentales mostraban mucho mejores combinaciones de logros que los comunistas. ¿Por qué? Por respetar el principio básico de que el individuo es la base de todo y el Estado no lo reemplaza. Sí es válida la responsabilidad con la sociedad a través de la intervención estatal, con diferentes grados en los diferentes países, pero no sometimiento a la sociedad. Que en realidad no es tal, porque ella no existe por sí misma, sino al grupo gobernante. En el comunismo, con la excusa de la “lucha de clases” la minoría gobernante quitaba todo al pueblo, la libertad económica y la política, los bienes y los derechos.

Debe resaltarse que para que un pueblo tenga bienestar debe aplicar con eficiencia los recursos, lo que requiere información sobre el valor de los bienes. Tal información es sólo individual, porque surge de las ideas personales de bienestar y se manifiesta sólo en las interacciones voluntarias. Y éstas son resultado de la búsqueda de concretar los proyectos de vida de cada uno. Nada de eso es posible por decisiones jerárquicas de gobernantes.

Así, el comunismo fracasó no porque sus dirigentes lo deformaran, sino porque ese era el resultado necesario. Lo hizo por ser un intento de ingeniería social, que por ello requería mando concentrado, por no respetar la libertad para los proyectos individuales.

Por supuesto, el mundo sigue sin ser perfecto. Y nunca lo será. No existe el Paraíso terrenal. En cambio, sí pueden hacerse esfuerzos permanentes por aprender y mejorar. Pero para que fructifiquen es necesaria la libertad. La lección de la caída del muro de Berlín debe ser recordada siempre: no hay progreso con dictaduras, no hay bienestar con gobernantes que se crean superiores a los ciudadanos. El Estado debe servir para que las interacciones entre las personas sean siempre voluntarias, y aunque sea discutible de qué manera se consigue, los gobernantes no deben buscar el sometimiento de las personas.

 

*Director de Políticas Publicas de la fundación Federalismo y Libertad.

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