Ivan Ponce Martinez*
Penalizar y prohibir conductas privadas no es algo nuevo. Las campañas puritanas contra el consumo de alcohol encabezadas por mujeres en Estados Unidos
sirvió de sustento para la política del abolicionismo. Sus resultados: crimen organizado.

En la actualidad el debate se centra en dos temáticas: consumo de drogas y prostitución. En ambos casos los que favorecen la criminalización de las drogas y del ejercicio y/o consumo de la prostitución, alegan razones de interés superior para invadir la esfera íntima del individuo.
Respecto a la temática del comercio sexual históricamente los inquisidores se arrojaban contra quien se ofrecía en prostitución, generalmente mujeres, con sanciones legales o sociales. En la actualidad el objeto de ataque es el cliente – tanto en el discurso como en proyectos de ley en tratamiento en nuestro Congreso. La excusa es combatir la trata de personas; digo excusa porque ésta está penada y la ineficiencia y corrupción del sistema judicial y policial no va a disminuir porque aumenten se persiga al cliente.
En realidad existen otros motivos por los que se impulsan proyectos de este tipo. Por un lado una inquina hacia el varón –olvidando que también mujeres pagan por sexo- y por otro la política de imponer convicciones morales íntimas a los demás. Pagar por sexo es malo para estos legisladores, presuponen que quien cobra no es libre y prohíben la actividad, decidiendo en forma paternal (o maternal debería decir) que conductas privadas deben desarrollar los habitantes del país.
Sin debatir sobre lo bueno o malo de la prostitución, quiero hacer hincapié sobre la invasión a la privacidad y la violación clara al artículo 19 de la Constitución Nacional y sobre la condescendencia y subvaloración de la persona que elige cobrar por sexo, quien para ellos no es libre, no sabe que le conviene y ellos, en su lugar y en su nombre pero sin su acuerdo, deciden por ella. Aunque no sea penalizada, ahuyentan a su cliente y condenan la actividad que eligió porque no la hizo- según ellos- con discernimiento, intención y libertad. Luego querrá prohibir los matrimonios por interés, investigarán si ese jovencito se caso con esa mujer mayor por dinero o si en ese viaje al Caribe al que fueron un acaudalado hombre y una bella mujer hubo algún pago encubierto. La policía en lugar de combatir robos y homicidios iría a discotecas a comprobar que todas las relaciones entre personas con fines sexuales sean sin intercambio de dinero. Las chicas que quieran ver a un desnudista luego del show deberán esquivar a la policía de la moralidad, al estilo de una teocracia.
Antes en nombre de la religión o el orden natural, ahora en contra del varón explotador o con la excusa de luchar contra la trata, los nuevos cruzados deciden por otros y amplían el campo del derecho penal, atacando la principal libertad: el derecho al uso del propio cuerpo. La característica central de un sistema totalitario es la invasión de la esfera íntima por el estado. Una vez quebrada esa barrera, no encontrarán límites. Cuando alguien dice que lo que otro eligió no lo hizo libremente y que él decidirá en su nombre, la libertad está en grave peligro.

*Miembro del Consejo Consultivo de Federalismo y Libertad. 

 

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