Por Iván Ponce Martínez*

En la Argentina pos convertibilidad la palabra subsidio se incorporó al lenguaje cotidiano. Sea a tarifas, o a sectores productivos, sea a grupos vulnerables o sin trabajo o al combustible, el aporte económico del Estado mediante transferencia directa o indirecta de recursos creció en forma constante en esta década. Nacido al calor de la crisis este fenómeno no disminuyó al dejarse ésta atrás, por el contrario, se extendió.

Entiendo subsidio en un sentido amplio, incluyendo toda transferencia directa o indirecta de recursos del Estado a particulares, sin contraprestación alguna, o con una contraprestación inferior al valor de mercado, como asimismo la alteración de las reglas del mercado para evitar la libre competencia limitando las importaciones, trastocando el tipo de cambio o impidiendo el ingreso de otros actores económicos.

Entonces sería en este sentido subsidio no sólo el pago de parte de la tarifa de energía eléctrica o transporte, sino de la eximición de impuestos a determinadas actividades o empresas, o jubilaciones sin aportes o la llamada asignación por hijo. Pero también la creación de empleo público con salarios por sobre la productividad o el mercado, o que no respondan a reales necesidades de servicio.

Si se analiza a fondo, la cantidad de beneficiados por la patria subsidiadora en enorme y variada: cineastas cuyas películas no resisten una semana en cartel, periodistas de medios oficiales con salarios no vinculados al éxito de rating, jubilados sin aportes, madres pobres, empleados públicos improductivos, nombrados en base a contactos, empresarios que no resisten la libre competencia.

Semejante bloque de beneficiados directos constituye un fuerte grupo de presión para mantener los subsidios ya que los perjudicados, los que pagan, son difusos y no tan claramente conscientes de su rol de subsidiadores, e incluye en parte también a los beneficiados, que juegan un doble rol.
Muchos, además, rechazan subsidios que perciben otros, sin cuestionar los propios. Otros afirman que lo que por un lado se paga por otro se recibe y que todos nos beneficiamos de esta redistribución, ya que motoriza la actividad económica.

Pero se oculta el lado oscuro de este sistema. La promoción de la ineficiencia y la imprevisión. Subsidiar es estimular una conducta, cargar de impuestos es desalentarla. Entonces subsidio a quien no puede producir en forma competitiva y cargo de impuestos a quien lo hace; doy jubilación a quien no hizo aportes, obligo a hacer juicio a quien los hizo; subsidio el consumo de energía, estimulándolo, cargándolo sobre las reservas aportadas por los exportadores; creo empleo público improductivo, ampliando la base de trabajadores que a pagan ganancias; aumento el gasto público y lo financio con la inflación.

Los aparentes beneficios de los subsidios cristalizan los males: se subsidia a la industria, que continúa siendo poco competitiva; se subsidia el consumo de energía y se pierden divisas para importarla; se subsidia a los pobres, que siguen en la pobreza y necesitando del subsidio para sobrevivir.

Su drástica reducción generaría un perjuicio inmediato a quienes perciben los mismos pero un beneficio mediato a toda la economía, incluso a aquellos mismos que eran “beneficiados” por los mismos, pero ya no con un criterio de clientelismo o de elección burocrática sino de eficiencia y de apertura de oportunidades. De la patria subsidiada a la patria productiva.

 

*Miembro del Consejo Consultivo de Federalismo y Libertad.

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