Por Castor López (*)

El acuerdo comercial estratégico recientemente firmado, luego de casi 20 años de negociaciones, entre el bloque Mercosur, del que nuestro país forma parte junto a Brasil, Paraguay y Uruguay, y la Unión Europea, re flotó un histórico debate interno acerca del “proyecto de país productivo” deseado. En este caso, en los términos de la relevancia de la cuantía y de la calidad de nuestro comercio exterior para con nuestro desarrollo. Ello se inscribe, además, en una cuestión más general y difusa; pero muy demandada por la sociedad y, por ende, enunciada frecuentemente por la dirigencia política: el “modelo de país” a conformar, cuestión esta que se repite de cara a cada elección presidencial.

El referido acuerdo comercial; cuya aprobación parlamentaria por parte de todos los países involucrados puede llevar unos 2 años y además, la definición de la llamada “letra chica” de cada sector productivo, especialmente de las transiciones de los aranceles comerciales mutuos previstos durará una década hasta llegar a los valores definitivos. Pero, podría resultar “la ventana” de una nueva y gran oportunidad para trazar los lineamientos generales de un “tercer proyecto productivo de país”. Nuestro pasado nos señala, muy básicamente, el antecedente de 2 grandes modelos utilizados. Cada uno, adaptado a las restricciones y a las oportunidades de sus respectivos contextos históricos, cuyo análisis debe ser argumentado con singulares cuidados, para no resultar anacrónicos. 

El primer proyecto de país, fundamentado en la constitución nacional liberal del año 1853 y aplicado desde los años 1870/80 hasta el golpe militar del año 1943; episodio probablemente tanto o más disruptivo que el anterior golpe del año 1930, el primero de nuestra historia; fue el de un esquema preponderantemente agropecuario y exportador. El segundo proyecto, incubado después de la primera gran crisis global de los años 1929/30 y amparado después por el singular contexto de la post guerra, fue mayoritariamente industrial, para la sustitución de las importaciones y dirigido solo al mercado interno, en el marco de la generación de una necesaria institucionalidad de los derechos del factor trabajo, pero a costa de una importante cuota, tanto de las libertades personales como de la calidad relativa de las instituciones republicanas.

Este último proyecto también se agotó definitivamente en el año 1975, con la profunda crisis resultante de un inevitable pero abrupto sincera miento cambiario, monetario y fiscal. En términos relativos a la simultánea evolución de la economía mundial, según el muy opinable, pero también muy robusto y aún válido, indicador del producto interno bruto (PIB) por habitante, con el primer proyecto nos mantuvimos siempre entre los 10 países más avanzados del mundo; por el contrario, con el segundo proyecto de país nos rezagamos notablemente, en un gradual proceso divergente, que se acentuó durante los últimos 50 años. Desde entonces, hemos sido incapaces de acordar un “tercer y nuevo proyecto productivo de país”, sostenido en un consistente y realista programa de crecimiento económico.

Un pragmático programa de crecimiento económico que, al menos, debe cumplir con 3 condiciones básicas: a) que sea productivamente genuino, b) que la prosperidad generada resulte compartida y c) que sea sostenible en el largo plazo. Cruzados por muy rígidos prejuicios ideológicos, aún no lo hemos conseguido, incluso con el contexto de la actual estabilidad política formal, que otorgarían los ya casi 36 años de democracia, el periodo continuo más extenso de nuestra historia de vida institucional. Prueba contundente de esta incapacidad son los ya 10 programas de estabilización monetaria y fiscal fallidos desde el crucial año 1944, uno cada 7 años y medio.

También lo son las 15 recesiones atravesadas desde el año 1950, una cada 4 años y medio que, al resultar estas de una duración promedio de 1 año y medio, significa que nuestro país pasó aproximadamente una tercera parte de los últimos 70 años sin crecer o atrasándonos. Desde el año 1980 nuestra tasa media de crecimiento no alcanzó al +2% anual, mientras que, desde entonces, los países ya desarrollados crecieron a más del +3% anual promedio y los países realmente emergentes lo hicieron al +5% promedio por año, convergiendo efectivamente hacia el desarrollo, mientras nosotros permanecemos en una especie de “trampa de bajo crecimiento”. Es tal nuestra actual volatilidad, que crecer sólo 2 años consecutivos ya es un desafío.

Este breve, muy básico y estilizado repaso de nuestra historia económica nos encuentra hoy como un país permanentemente rezagado y muy cerrado comercialmente al mundo. La actual relación de nuestro comercio exterior con nuestro PIB resulta de solo el 25%. En cualquier país de la región, ya integrado al mundo, como Chile por ejemplo, este ratio alcanza a más del 70%. Otro dato es que solo 15.000, de las casi 900.000 empresas argentinas existentes, exporta. Exportamos apenas 1.500 dólares por habitante y por año, mientras Chile ya supera los 4.000 dólares y tiene tratados comerciales con el 90% del PIB mundial. Nosotros, si culminamos con un razonable resultado el acuerdo con la Unión Europea, recién alcanzaremos una relación comercial con el 30% del PIB global.

El tercer proyecto productivo de nuestro país requiere, en términos de condiciones generales, en primer lugar un importante cambio cultural que recupere nuestra confianza interna, nos lleve a abandonar a un muy arraigado proteccionismo y nos anime a integrarnos al mundo. En segundo término, continuar con la voluntad de un imprescindible ordenamiento macroeconómico fiscal, monetario y cambiario. En tercer lugar, seguir fortaleciendo tanto a nuestra sociedad en salud y en una educación moderna, como a la infraestructura de energía, de transporte y de comunicaciones. Por último, quedará en las empresas y en los emprendedores argentinos la responsabilidad de continuar desarrollando sus atributos competitivos. Los sectores agroindustrial, de las energías, del turismo, el conocimiento y la minería deben ser los primeros abanderados del necesario cambio.

 

(*) Presidente Fundacion Pensar a Santiago 

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