Por Julio Rouges *

Para gran parte de los latinoamericanos, y especialmente para los argentinos, las inversiones estadounidenses o la dependencia del comercio con Estados Unidos son un pasaje de ida sin vuelta hacia la colonización económica y la pauperización social. Es un clásico dentro de esa concepción, la obra Las venas abiertas de América Latina. Soy poco sensible a los méritos literarios de Galeano, pero sí puedo criticar sus muchos errores cuando incursiona en materias en las que toca de oído; máxime, cuando son seguidas por amplios sectores de la clase media culta formada en carreras humanistas, que piensan que el humanismo equivale a rehuir todo estudio preciso, sistemático y serio de las ciencias económicas y sociales; que no existe un conocimiento objetivo basado en el estudio lógico y empírico de las materias a tratar, sino en la ideología; en otras palabras, la concepción explícita o implícita de la mayoría es que la ideología condiciona las opiniones, y a la vez que ésta se basa en los intereses de clase, en los económicos o en prejuicios.
Formulada esta introducción, veamos cómo queda la teoría de Galeano (una vulgarización de la ya vulgar de Hernández Arregui, Darcy Ribeiro, Celso Furtado, Teodonio Dos Santos, y muchos otros que constituían virtualmente el “pensamiento único” del mundillo estudiantil universitario de las décadas de 1960 y 1970) a la luz de la experiencia canadiense. Si la dependencia comercial con Estados Unidos, y el carácter de receptor masivo de inversiones provenientes de ese país llevaran a la pobreza a la población del país sometido a esa espantosa sangría, Canadá debería estar sumida en la miseria. Por sus venas abiertas deberían fluir dólares hacia su poderoso vecino, y el pueblo hambreado se desesperaría por emigrar hacia Cuba. Según un artículo publicado en un sitio web insospechado de pro-capitalista (www.flacso.uh.cu), titulado “Canadá y la Revolución Cubana, los orígenes del Constructive Engagement 1959-1963”,  “el 70% de las importaciones canadienses provenían del vecino del sur y el 60% de las exportaciones canadienses iban a su vecino del sur, en 1960. Las inversiones estadounidenses representan las tres cuartas partes de toda la inversión extranjera en Canadá”.
Más recientemente, un artículo publicado en un sitio web del gobierno de Canadá, titulado Canada and the United States: trade, investment, integration and the future (http://dsp-psd.tpsgc.gc.ca/Collection-R/LoPBdP/BP/prb013-e.htm) se expresa así (traducido): “En el caso de Canadá, cuando hablamos acerca del comercio internacional, lo que en realidad discurrimos es acerca del comercio con Estados Unidos. El 86% de las exportaciones canadienses -valor 33% de su Producto Bruto- son destinadas a los Estados Unidos. El FTA (Tratado bilateral de Libre Comercio) y el NAFTA han incrementado la inversión directa internacional (FDI) entre los socios del NAFTA. Estados Unidos continúa siendo el inversor externo más grande. Canadá es también el segundo receptor de la inversión externa total de Estados Unidos (11%), detrás solamente del Reino Unido”.
Teniendo en cuenta el volumen de las inversiones norteamericanas en Canadá, la trágica circunstancia de estar ese país atado por tratados de libre comercio con Estados Unidos, la orientación de las exportaciones canadienses hacia el monstruo imperialista (86%), y haber sido durante décadas un apéndice de la economía norteamericana, Galeano debería dedicar sus desvelos a los infortunados canadienses.

Vivir con los nuestro

En alguna polémica verbal, me dijo un ocasional contendor que Canadá era un “caso especial”, sin explicar por qué esa pretendida especialidad debería convertir en una bendición lo que por hipótesis sería una maldición. Si bien el grueso de este artículo así como su título están referidos a Canadá -por ser quizás el país más dependiente de Estados Unidos- son múltiples los ejemplos históricos que demuestran que las relaciones privilegiadas con países desarrollados -no con los socialismos que provienen del siglo XIX, y pretenden proyectarse al siglo XXI- el comercio libre con ellos, y un ambiente favorable a las inversiones extranjeras son condiciones necesarias aunque no suficientes para la prosperidad en el mediano plazo; y que por el contrario, el énfasis en “vivir con lo nuestro” conduce a la pobreza y el estancamiento económico y cultural.
La proporción de capitales norteamericanos o de otros “centros de poder” en Canadá es mayor que en todos los países desarrollados y que en países típicamente subdesarrollados. Es más: la mayoría de la inversión extranjera se dirige de países desarrollados hacia otros países desarrollados, a Asia, y en menor medida a algunos países de América Latina (Brasil, México y Chile). Los países más pobres de Africa están comparativamente aislados de la “agresión foránea” constituida por las inversiones extranjeras.
Según Galeano, la inversión extranjera es causa del subdesarrollo; unos países son subdesarrollados porque otros son desarrollados; unos pierden porque otros ganan: “Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales nativos. En la alquimia colonial y neo-colonial, el oro se transfigura en chatarra, y los alimentos se convierten en veneno”.
Esa aserción, por repetida que sea, no deja de ser totalmente falsa. Según el World investment report de la UNCTAD, en 2007 los principales países desarrollados receptores de inversiones extranjeras directas fueron, en billones (miles de millones) de dólares: Estados Unidos (232,8), Reino Unido (224), Francia (156) Canadá (108,7); Países Bajos (99,4), España (poco más de 50), Alemania (aproximadamente 50), Bélgica (40; más de 65 en 2006), Suiza (40) e Italia (40). En Asia, (sud, este y sudeste asiático) el ranking es: China, 83,5; Hong Kong, 59,9; Singapur, 24; India, 24. En América Latina el principal receptor es Brasil (34,6), seguido de México (24,7), y Chile (19,3). Los países más pobres no son, decididamente, los que atraen inversiones extranjeras, ni su pobreza puede estar causada por ellas.
Las economías más prósperas del mundo son abiertas, incluyendo dentro de ellas a las socialdemocracias nórdicas, con la salvedad de que su llamado socialismo comprende únicamente lo fiscal -por los elevados impuestos a los ingresos personales e indirectos, y las contribuciones parafiscales destinadas a la salud y seguridad social- pero en lo concerniente a la propiedad de los medios de producción -que es privada- a la asignación de recursos -principalmente el mercado- y a los impuestos corporativos (más bajos que en Argentina) son economías capitalistas. A título de ejemplo, Noruega tiene un comercio exterior per cápita que se halla entre los más altos del mundo. En 1997, exportó e importó bienes y servicios en razón, respectivamente, de casi el 41% y el 34% del PNB; y dentro de las exportaciones -para horror de nuestros “industrialistas”- la exportación de petróleo y gas constituía un poco más de la tercera parte del total.
Gran parte de las exportaciones chinas y en general del sudeste asiático se dirigen a los Estados Unidos -que, contrariamente a lo que suele afirmarse, tienen una economía abierta al resto del mundo, salvedad hecha del proteccionismo en materia agrícola, inferior, empero, al de la Unión Europea- y no parece que le haya ido mal en lo económico a China continental, cuyo comunismo al estilo maoísta quedó atrás. China fue el tercer mercado más grande para las exportaciones estadounidenses en 2008, creció un 651% desde 1994, y a la inversa, fue ese año el segundo mayor proveedor de bienes que importa Estados Unidos, representando el 16,1% del total de sus importaciones. Eso no significa que China no merezca muchas críticas por su régimen totalitario, pero desde el punto de vista económico -y aun de las libertades- ha mejorado con respecto a la época de Mao Tse Tung.
En el extremo opuesto, un país que no reciba ninguna inversión extranjera, no tendrá que soportar que sus venas abiertas sangren. Cuba sería el paradigma de lo deseable y digno de imitación; salvo las inversiones españolas en turismo, no está sometida a esa sangría. ¿Es el modelo que queremos imitar? Galeano se expresa con admiración hacia la “revolución cubana”, pero no parece ser esa la opinión de los que huyen en balsa, y cámaras reparadas de neumáticos de la década de 1950, ni la de tantos que no escapan porque son muy viejos, enfermos, o no quieren abandonar a su familia, pero sufren la falta de libertades, las penurias económicas y la orwelliana y omnipresente propaganda del régimen.

Publicado en La Gaceta el día 01 de Agosto de 2010.

*Es abogado y miembro del Consejo Consultivo de Federalismo y Libertad.

X