Staff de Federalismo y Libertad ganadores del 10mo concurso para jóvenes de Caminos de la libertad

Los integrantes de Federalismo y Libertad de la provincia de Salta, Ángela Maritza Pereyra y Federico Esteban Herrera, participaron en la categoría Ensayo del 10mo concurso para jóvenes de Caminos de la libertad, siendo finalistas del mismo. Fue organizado por el grupo Salinas (TV Azteca) y la premiación se llevó a cabo el día Jueves 4 de Abril en la Ciudad de México. Ambos participantes asistieron.

El ensayo se titula: De “la Fatal Arrogancia Del Estado” A La Corrupción: Un Final (in)esperado. En donde se plantea principalmente que la corrupción es una consecuencia, y no una causa, del actuar arrogante (F. A. Hayek) del Estado. Puesto que se coartan las libertades individuales por medio de mandatos, que, en vez de solucionar el problema que intentan resolver, lo empeoran aún más (Camino de Servidumbre), decantando inevitablemente en la corrupción. Dicho trabajo consta de 10 páginas.

Autores:
Ángela Maritza Pereyra
Federico Esteban Herrera

DE “LA FATAL ARROGANCIA DEL ESTADO” A LA CORRUPCIÓN: UN FINAL (IN)ESPERADO

“Se declaran delictivos tantos actos distintos, que es imposible vivir sin quebrantar alguna ley. ¿Quién desea una nación de ciudadanos defensores de la ley? ¿De qué sirve eso?”

 “La Rebelión de Atlaspor Ayn Rand

Invitamos al lector a que recuerde y mencione todos los casos de corrupción de su país. No sería de extrañar que palabras como sindicatos, Lava Jato, valijas, Panamá Papers, cuadernos (entre otras) vengan a su mente, o que incluso piense en nombres de diversos funcionarios públicos. No se preocupe si de pronto se da cuenta que son muchos los casos que recuerda, eso demuestra que este tema está claramente en su mente y en la de la gran mayoría de los habitantes de Latinoamérica. Después de todo, la corrupción representa un mal endémico que afecta especialmente a este continente, que como una especie de Terminator vuelve siempre y cuya atrocidad no parece acabar nunca. Curiosamente los mayores índices de corrupción[1] se ubican en países donde la actividad interventora del sector público resulta alta y la libertad económica es reducida, mientras que aquellos países que gozan de mayor libertad económica y menor actividad reguladora presentan índices más bajos de corrupción. Esto es algo que debiera hacernos ruido puesto que día a día, década tras década, vemos cómo los intentos por controlar este problema no solo fracasan, sino que son catalizados por mayores regulaciones que intensifican el problema.

Creemos que lo que se ha hecho hasta la fecha es enfocar mal este tema puesto que, más que una consecuencia indeseada, la corrupción es un efecto propio y natural de “la fatal arrogancia del Estado”. Nuestra intención a través de este trabajo es reflexionar sobre esta situación, donde podremos vislumbrar una estrecha conexión con la intervención estatal, tal cual lo plantea Milton Friedman, sosteniendo que “La corrupción es la intromisión del gobierno en la eficiencia de mercado, en forma de regulaciones”[2]. Esto a su vez nos lleva por contraposición a considerar algunos postulados del liberalismo, especialmente en materia económica, el cual nos muestra un panorama más favorable respecto de la erradicación de la corrupción (y las estadísticas lo avalan).

Remitiéndonos al diccionario podemos ver que la palabra corrupción (del latín corruptio) nos da la idea de quiebre, alteración, daño, depravación o soborno; hay un “algo” cuya naturaleza original se ve trastocada por la intervención de otro “algo externo” que cuenta con el poder suficiente para desviar al primero de su sentido o destino primigenio. Llamativa es la falta de consenso doctrinario a la hora de definir el concepto de corrupción, pero en el punto en el que coinciden los estudiosos, es en el reconocimiento de la presencia del sector público[3]. Como señalamos más arriba, es muy frecuente que en estos casos se vean envueltos funcionarios que actúan en nombre o representación del Estado, lo cual lleva a que nos preguntemos a qué se debe que este sector sea el que figure como el principal involucrado. La respuesta a ello la encontramos en los extensos intentos por regular o controlar de manera centralizada aquello que no se termina de conocer, característica que es propia de los sistemas socialistas y se ve claramente reflejado en el papel que decide asumir el Estado.

Cuando hablamos de interferir (acto arrogante) nos referimos a intervenir sobre las instituciones, las cuales pueden ser definidas como patrones comunes de comportamientos y accionares pautados de conducta, que surgen de manera evolutiva y espontánea a lo largo de un periodo muy prolongado de tiempo. Las mismas fueron explicadas con excelencia por Carl Menger[4], quien llegó a la conclusión de que las personas para cumplir sus fines actúan empresarialmente, descubriendo así mejores métodos para satisfacer sus necesidades y deseos a través del tiempo. Luego, por medio de un proceso de imitación, el resto va adquiriendo tal comportamiento. Este proceso de descubrimiento y de innovación conlleva tiempo, generación de información, prueba y error, conocimientos, experiencias, además de otros mecanismos. A su vez, este orden surge sólo a través del tiempo, sin ser diseñado deliberadamente por nadie, cómo ser un ministerio, un legislador o un gobernante dada la falta de información y la imposibilidad de conocer los pormenores de tal proceso por parte de los agentes decisores. Todo esto da lugar a las mencionadas instituciones. Un claro ejemplo es el mercado, el cual se entiende tanto como un proceso y un lugar (no necesariamente físico) en donde participan todos los agentes económicos por medio de sus gustos y preferencias, ofertando y demandando bienes y servicios.

Un análisis similar, aunque desde otra perspectiva, es el provisto por Hayek[5]  a través de su hipótesis del triángulo invertido. Él ubica a la sociedad y la acción humana como órdenes de mayor complejidad en la parte más ancha de la pirámide (siendo superadas sólo por el orden supremo). La acción implica valoraciones y utilidades subjetivas, mientras que la sociedad es el producto de individuos que actúan y se interrelacionan entre sí, compartiendo una cultura y una tradición. Es decir, un cúmulo infinito y extremadamente amplio de accionares humanos en busca de objetivos y metas. Por debajo de ellas ubica la biología, la física y, por último, la química como órdenes de menor complejidad, respectivamente. Lo cual le lleva a concluir que intentar dirigir, organizar, entender, explicar y gestionar a gusto y placer el complejísimo orden de la acción humana y, mucho menos aún, el de una sociedad, es una tarea totalmente imposible. Podemos claro que sí, dar cuenta y explicar a la física, a la química e incluso a la biología, pero los siguientes órdenes se escapan a nuestras capacidades. De allí una de sus frases más célebres: “La curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres lo poco que realmente saben acerca de lo que imaginan que pueden diseñar.”[6]

Históricamente la clase política se ha negado a reconocer que no cuenta con la suficiente sabiduría e información como para conocer en su totalidad a todas las instituciones y al devenir de la sociedad en su conjunto. Pese a ello actúan deliberadamente. Esto es lo que Hayek denomina como “La Fatal Arrogancia del Estado”[7]. De continuar incurriendo en este comportamiento, Hayek nos indica que nos veremos conducidos inevitablemente al “Camino de Servidumbre”[8]. El cual infiere que, ante la necesidad de controlar cada vez más estos órdenes superiores, nublados por “la fatal arrogancia”, las personas del gobierno, los políticos de turno o el sistema intervencionista en sí mismo, comienzan al principio aplicando ciertos controles y regulaciones mínimos. Luego éstos van aumentando exponencialmente, es decir, en un principio intentan realizar “ajustes menores”, pero como tales medidas nunca funcionan y tiene resultados indeseados, piensan que la feliz solución es, no eliminar la medida que generó tal situación sino tratar de controlar el resultado no deseado. No se ataca la causa, sino el síntoma de la enfermedad. Esto no tiene otra consecuencia que crear otro problema, un nuevo síntoma más perjudicial que el anterior, por lo que el control aumenta nuevamente, en un espiral ascendente. ¿A dónde queremos llegar con esta explicación? A demostrar que al querer irrumpir en las instituciones “desde arriba” el resultado no puede ser más que ineficiente e improductivo y afecta así a la sociedad en su conjunto. Hayek acertadamente sostuvo que “la civilización descansa en el hecho de que todos nos beneficiamos de un conocimiento que no poseemos […] Y una de las maneras en las que la civilización nos ayuda a superar esa limitación en la extensión del conocimiento individual consiste en superar la ignorancia no mediante la adquisición de un mayor conocimiento, sino mediante la utilización del conocimiento que ya exista ampliamente disperso”[9]

A todos los conceptos anteriormente desarrollados se les debe sumar, siendo otro acto arrogante, el hecho de que se malinterpreta a la economía. Muchas veces (por no decir todas) se confunde a la economía como aquella ciencia que intenta administrar los recursos escasos para su óptima utilización, obteniendo de esa forma el bienestar general. Esta concepción estática de la economía es una clara y típica postura keynesiana de tal fenómeno. No hay nada más lejos de la realidad. El error está en que, con unas simples ecuaciones y artilugios matemáticos, por más sofisticados y preparados que sean, se pretenda explicar, estudiar y analizar, y en última instancia, dirigir y organizar la vida de miles de millones de personas. La economía es una ciencia que estudia la acción humana, tal como lo sostenía el mismísimo Mises[10]. La misma intenta comprender por qué los hombres actúan de determinada manera y no de otra ante una cierta situación. Toda acción humana, como fenómeno indivisible en sí mismo, está compuesta por medios y por fines que se intentan conseguir. Los medios son las distintas herramientas, como los factores productivos o cualquier “cosa” que se utilice para poder alcanzar un determinado fin, objetivo o meta. Esos medios tienen utilidad para la persona que los emplea y son importantes para ella debido a sus gustos, preferencias y a la escasez de estos. Por otra parte, el fin en sí mismo tiene un valor para la persona, por lo que la persona le dará cierta importancia y significatividad. Pero tanto el valor del fin como la utilidad de los medios son totalmente subjetivos para la persona, dependen de ésta y únicamente de ésta, no existiendo por fuera de sí ningún “valor objetivo” más allá de aquel que le asigna individualmente otra persona. Ningún agente externo va a poder determinar lo que para una persona (o para la sociedad) tiene valor o no, eso dependerá exclusivamente de aquel individuo. De nuevo, fatal arrogancia.

La cuestión ya no está dada solo por la actitud arrogante de creer que se puede controlarlo todo, sino por el medio del que se vale para hacerlo, que va a estar representado por la “ley”. Existe una creencia generalizada de que las leyes son gratuitas, es decir que no generan ninguna clase de costo, y que el hecho de darle a algo el nombre de “ley” va a generar automáticamente su acatamiento por parte de la sociedad y del mercado, aun cuando esta “ley” vaya en contra de otros principios y leyes de orden natural. Resulta muy ilustrativo el tratamiento que da Jesús Huerta de Soto[11] a esto, ya que considera que ley (en sentido material) no es igual a mandato (aunque formalmente se presente como una ley). Por ley se entiende a la norma abstracta, de contenido general, que se aplica a todos por igual sin tener en cuenta circunstancia particular alguna ej., prohibición de robar, matar o mentir, obligación de cumplir contratos y promesas, etc. Mientras que “mandato” es aquella legislación específica, de contenido concreto, que ordena hacer cosas determinadas en circunstancias particulares ej., “leyes” administrativas, legislación fiscal, reglamentos, decretos, regulaciones, controles de precios, etc. Esto va a generar consecuencias muy diferentes. La ley deja libertad para que cada uno actúe como quiera y aproveche su conocimiento empresarial para satisfacer sus necesidades y deseos, dentro del marco que ésta determine. Se reconoce el origen evolutivo y consuetudinario de la ley, puesto que la misma es otra institución. El sistema económico y político que permite su desarrollo es el liberal, donde el gobierno no interviene y la ley cumple su verdadera función. Por contraposición, un sistema donde prevalece el mandato no deja libertad para actuar ni para aprovechar el conocimiento particular ya que nos coerce a actuar de una manera concreta, relegando nuestros beneficios por otros de un orden supuestamente superior o social. Tal orden termina asemejándose demasiado a aquel propio de quienes detentan el poder del estado, siendo este quien incluso emite deliberadamente tales mandatos. Éste se fundamenta en el positivismo jurídico, para el cual las leyes no son productos de la sociedad sino un faro orientador de las conductas de los individuos que la componen. La cuestión central radica en que aquel que quiera determinar la dirección en la que tal faro alumbre se verá obligado a luchar con sus semejantes por el poder político, el cual le permitirá imponer sus fines a la vez que excluye los de otros como subproductos no deseados, resultando difícil hablar de lograr una paz social en tal contexto. El sistema de mandatos da lugar al estatismo (socialismo), donde los gobernantes están en la cima del faro alumbrando a los gobernados e indicándoles el camino a seguir. Teniendo en cuenta esto, creemos que sería importante preguntarse si el verdadero germen de la desobediencia legal no se encuentra acaso en la propia estructura de la “ley”. Puede que grande sea la sorpresa al ver que lo que se intenta controlar excede a toda capacidad, y más si se intenta lograrlo mediante mandatos, que nos llevan a un sin fin de luchas por imponer la voluntad estatal frente a la de los particulares, razón por la cual sería mejor que aspiremos a un sistema de leyes y no de mandatos. Caso contrario, se continuaría utilizando a la “ley” (mandatos) como mero instrumento interventor de las instituciones.

Hasta ahora hemos visto una serie de condiciones de fondo que han generado un ambiente adecuado para la proliferación de la corrupción, por lo que ahora abordamos finalmente lo referido a la libertad económica de los países. Como señalamos al comienzo de este trabajo, ésta es otra institución que se ve afectada por la fatal arrogancia del Estado a través de mandatos. La libertad económica es el derecho fundamental de todo ser humano de controlar su propio destino, trabajo y propiedad. En una sociedad económicamente libre, los individuos son libres de trabajar, producir, consumir e invertir de la forma que deseen. Los gobiernos permiten que el factor trabajo, el capital y los bienes se muevan libremente, y se abstienen de la coerción o restricción de la libertad más allá de la medida necesaria para protegerla y mantenerla en sí misma. Es decir, se interfiere lo mínimo y necesario en la acción humana de los individuos y en la institución llamada mercado, obteniendo mejores resultados. Evidencia clara de esto son los datos medidos por la Heritage Foundation durante el año 2018, de los cuales surge que hay una relación negativa entre libertad económica y corrupción. A menor libertad, mayor corrupción, o viceversa.[12]

Todo esto demuestra que a mayor libertad económica menor es el nivel de corrupción (o más integridad de gobierno) y muestra de ello son países como Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, etc. Por otra parte, a nivel mundial vemos que los países de Latinoamérica son de los que tienen menores índices de libertad económica, lo que conlleva a mayores índices de corrupción. Creemos que, para ser menos corruptos debemos tener menos gobierno o, dicho de otra forma, ser menos arrogantes. No creer que hay seres superiores (legisladores y gobernantes) con la capacidad de adquirir tal inmensa información como para poder decidir en todos los aspectos de nuestras vidas, y tampoco creernos tan inferiores y vulnerables como para que un tercero delimite y dirija nuestro accionar. Tener más gobierno implica una mayor intervención y ello implica correr el riesgo de que exista más corrupción. Esto es así a consecuencia de los desproporcionados niveles de controles, regulaciones y mandatos del gobierno sobre la vida económica de los agentes. Se irrumpe con mayor fuerza sobre el orden natural del libre accionar del ser humano, es decir, se dañan las instituciones y por lo tanto los resultados son menos eficientes y eficaces que lo que hubieran sido de no haberse intervenido. La relación causal es evidente, tanto desde un punto de vista científico y empírico como de uno puramente teórico y filosófico. Todo el tiempo vemos diversas medidas encaminadas a luchar contra la corrupción (ej. endurecimiento de las leyes penales, denuncia y exposición a través de la prensa de estos casos, remoción de funcionarios puntuales, leyes de arrepentidos etc.) las cuales consideramos correctas pero la realidad nos muestra que esto no es suficiente, por lo que debemos concentrarnos más sobre la causa de fondo, y no solo en soluciones temporales o sintomáticas. Como dijo David R. Henderson: “Si el control del gobierno genera corrupción, una cosa que no va a reducir la corrupción es más control del gobierno. Para cualquier país, la forma más clara de salir de la corrupción es reducir la escala y el alcance del gobierno. Para eliminar el soborno de los funcionarios de aduanas, deshacerse de las restricciones a las importaciones. Para reducir el favoritismo del gobierno en la concesión de subvenciones, reducir la concesión de subvenciones del gobierno”.[13] Tal vez sea hora de que todos los habitantes de Latinoamérica comencemos a tomar como ejemplos a aquellos países más libres económicamente en vez de verlos como amenazas o sistemas inaplicables propios de foráneos que vienen a cambiar nuestros “exitosos y tradicionales” modelos. Al fin y al cabo, el dato siempre prevalece ante el relato y, como se ha demostrado, la corrupción es un final (in)esperado, producto de la “fatal arrogancia del Estado”.

[1] Según datos extraídos de la Heritage Foundation https://www.heritage.org/index/

[2] FRIEDMAN, Milton «Free to Choose» programa de televisión. PBS (Public Broadcasting Service). 1980

[3] Un análisis exhaustivo del concepto de corrupción puede verse en CÁRDENAS CÁRDENAS Gilberto, GARCÍA GÁMEZ Sofía, SALAS SUAREZ Álvaro «Análisis de la Corrupción y la Gobernanza en América Latina».  U.A.M, Instituto de Predicción Económica L.R. Klein – Centro Gauss. Diciembre 2016

[4] MENGER, Carl “The Origins of Money”. Ludwig Von Mises Institute. Alabama, Estados Unidos. 1892

[5] HAYEK, Friedrich A. “El Orden Sensorial: Los Fundamentos de la Psicología Teórica”. Unión Editorial. 2004

[6] HAYEK, Friedrich “La Fatal Arrogancia. Los Errores del Socialismo”. Unión Editorial. 1997. Pág. 76

[7] HAYEK, Friedrich, obra citada en nota 6.

[8] HAYEK, Friedrich “Camino de Servidumbre”. Alianza Editorial. 2011

[9] HAYEK, Friedrich “Derecho, Legislación y Libertad”. Unión Editorial. 2014

[10] MISES, Ludwig Von “La Acción Humana”. Unión Editorial. 2018

[11] Quien a su vez se basa en HAYEK, Friedrich “Los Fundamentos de la Libertad”. Unión Editorial. 2014. Cap. X

[12]Por ejemplo, tenemos que Argentina que se ubica en el puesto N.º 144 del ranking de libertad económica (poca libertad), a su vez que sacó una mala nota en “integridad de gobierno” (mucha corrupción) con tan solo 32.6; Chile, uno de sus vecinos más próximos, presenta una realidad diferente, ya que está en el puesto N.º 20 del ranking (mucha libertad) y sacó 61.2 en integridad (poca corrupción), casi duplicando su performance; Venezuela en el puesto N.º 177 con una nota de 7.5 y México se ubica en el puesto N.º 63 con una nota de 26.9 en integridad. En contraposición, tenemos a Hong Kong en el puesto N.º 1 con una nota de 82.8; Singapur en el puesto N.º 2 con una nota de 91.2; Nueva Zelanda en el puesto N.º 3 con una nota de 95.7 y Suiza en el puesto N.º 4 con una nota de 82.8.

[13] HENDERSON, David R. “Corruption”. Mises Institute. 19 de abril de 1999. Recuperado de https://mises.org/library/corruption

Lic. Federico Esteban Herrera
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