Por Carlo Mercurelli
Director Departamento Jorge Estrella
Fundación Federalismo y Libertad


El decreto emitido, el día miércoles 11 de marzo, por el presidente del consejo de los Ministros italiano Giuseppe Conte, para circunscribir la difusión del COVID-19, presenta un marco muy claro sobre la situación difícil que la península está pasando. En la última semana, para atajar el peligro del contagio del Coronavirus, el ejecutivo ha sido obligado a limitar, de manera progresiva, la libertad de movimiento de las personas, hasta poner en vigencia una serie de medidas que fueron resumidas con la formula «Yo me quedo en casa»[1]. La normas introducidas determinan una fuerte modificación de las costumbres cotidianas, pero, al mismo tiempo, confian en el sentido común de las personas, porque por razones de trabajo y condiciones de necesidad, será posible dirigirse de un lugar a otro.

Las medidas adoptadas han generado fuertes críticas por parte de los grupos políticos de oposición. Numerosos han sido los comentiarios de la opinión pública que han desaprobado las decisiones del gobierno, porque culpables de afectar la economía del País y agravar su crisis[2]. Las consideraciones de los que, en los días pasados, han acusado el gabinete Conte de dañar el sistema productivo italiano, tal vez han perdido de vista la importancia de un aspecto fundamental. El primer deber de uno Estado es, en efecto, lo de tutelar la vida de las personas, aquel valor que John Locke, en la Carta sobre la tolerancia, presentaba como el primer bien civil, sin el cual es imposible cualquier progreso económico. Es muy conocido, en efecto, el relieve que el filósofo inglés confiere a la propiedad privada[3] en su reflexión política, pero su concepción de la propiedad es mucho más amplia. En ésta hay no solo los bienes muebles e inmuebles, sino también la vida, la seguridad, la libertad. En la Carta sobre la tolerancia se puede leer: «El Estado es, a mi parecer, una sociedad de hombre constituida únicamente para preservar y promocionar sus bienes civiles. Lo que llamo bienes civiles son la vida, la libertad, la salud corporal, el estar libres de dolor y la posesión de cosas externas, tales como dinero, tierras, casas, muebles y otras semejantes»[4].

Para que el Estado pueda seguir en «defender las vidas, las libertades y los bienes de los que viven de acuerdo con sus leyes»[5], sin embargo será necesario un gran sentido de responsabilidad. Cada ciudadano, en primer lugar, tendrá que ser consciente -como escribe Tommaso Greco- del «nexo que tienen los derechos con la existencia de los deberes»[6], tendrá que comprender la condición de vulnerabilidad en la cual muchas personas se encuentran y sobretodo las obligaciones que implica la libertad. En las últimas semanas en Italia lamentablemente han ocurrido episodios muy preocupantes. El virus ha determinado fenómenos de inmotivada psicosis colectiva. La imagen de las góndolas vacías de los supermercados[7], la presencia de muchas personas en fila para acaparar bienes de primera necesidad[8], la Amuchina[9] y los barbijos vendidos en Internet a precios exorbitantes[10] han traído a la memoria las novelas Ensayo sobre la ceguera de José Saramago[11] y La peste de Albert Camus[12]. Las páginas de los dos libros, que cuentan, por un lado, los acontecimientos de una imaginaria ciudad metida en el mal blanco y, por otro lado, la difusión de la peste en Orán, reproducen de manera fiel actitudes en las cuales se entrelazan el egoísmo e indiferencia. En los comportamientos de muchos italianos se ha registrado lo que el jurista Antonino Spadaro define una «distorsión de la noción de derecho subjetivo», o mejor dicho «su exasperación en un sentido […] hiper-subjetivista»[13], por lo cual la pulsión, transformandose en feroz instinto de supervivencia, justifica los actos de atropello.   

En las dos novelas, como ha pasado en la vida real, emerge aquel impulso predatorio, que en la obra de Saramago viene magistralmente definido a través de estas palabras: «De esa masa estamos hechos, mitad indiferencia y mitad ruindad»[14]. Frente a una emergencia colectiva -como es la del Coronavirus- que requeriría orden y colaboración, una parte de la sociedad civil ha retrocedido a estadios primordiales, volviendo a proponer el esquema de la ley del más fuerte y la lógica hobbesiana del homo homini lupus. La indiferencia[15], en cambio, ha caracterizado el estado de ánimo inicial. La epidemia, que se había difundido en la lejana China, no era objeto de atención, porque no perjudicaba los intereses de las personas; pero después de sus primeras manifestaciones, ha desencadenando fenómenos de razismo[16], agresiones físicas y verbales[17] e inclusive depredaciónes y fraudes a daño de los ancianos[18]. En suma, ha emergido el aspecto más incivil de una parte de Italia, que la pluma de Saramago habría increpado de esta manera: «Si no somos capaces de vivir enteramente como personas, hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales»[19].

En la capacidad de superar los instintos crueles, típicos del estado de naturaleza -desde el cual cada ser racional siente la necesidad de salir para tutelar sus derechos, estableciendo un vínculo social con sus semejantes- será posible extirpar el virus y defender al mismo tiempo el precioso bien de la libertad. Será necesario un alto sentido civico y la conciencia del deber de comportarse de manera equilibrada, evitando de perjudicar a si mismo y a los demás. En el nombre de este sentido de responsabilidad se deberán rehusar los prejuicios, la xenofobia y en general la irracionalidad para evitar la manifestación de fenómenos como el envenenamiento de la vida social y el embrutecimiento de las relaciones humanas, que las páginas de I Promessi Sposi de Manzoni, a propósito de la peste del 1630 en Milán[20], o las del Decameron de Boccaccio, respecto a la pandemia del 1348-50[21], han inmortalizado en la literatura. El decreto del once de marzo de 2020, que limita radicalmente los movimientos de las personas y establece el cierre y la restricción de los horarios de los lugares públicos y de las actividades comerciales, contiene un gran acto de confianza en la responsabilidad individual. En el documento y en las palabras del presidente del Consejo de los Ministros se encuentra tanto la referencia a la coesencialidad de derechos y deberes, como el llamamiento a la conciencia que cada uno de nosotros debe tener para entender el significado y el valor de la libertad. Inmediata es la asociación con el artículo 2 de la Declaración de los derechos y deberes del hombre y del ciudadano (1795): «Todos los deberes del hombre y del ciudadano se deducen de estos dos principios, grabados por la naturaleza en todos los corazones: “No hagas a otros lo que no querrías que te hicieran a ti y haz constantemente a los otros el bien que querrías recibir de ellos”»[22]. Para defender nuestra autonomía individual y tutelar, al mismo tiempo, el conjunto de reglas y procedimientos que la salvaguardan, deberemos bien interpretar este principio, visto que está en juego la vida de nuestra comunidad.    


[1]Decreto del 9 de marzo: https://www.gazzettaufficiale.it/atto/serie_generale/caricaDettaglioAtto/originario;jsessionid=ih+x31E8cgtdRuSzr8FcaQ__.ntc-as2-guri2a?atto.dataPubblicazioneGazzetta=2020-03-09&atto.codiceRedazionale=20A01558&elenco30giorni=true;

Decreto del 11 de marzo: http://www.governo.it/sites/new.governo.it/files/DPCM_20200311.pdf  

[2] https://www.huffingtonpost.it/entry/il-coronavirus-non-ferma-le-cannonate-di-salvini-contro-conte_it_5e542179c5b66729cf6060e9;

[3] En el Segundo tratado sobre el gobierno civil Locke afirma que el poder político consiste en «el derecho de dictar leyes bajo pena de muerte y, en consecuencia, de dictar también otras bajo penas menos graves, a fin de regular y preservar la propiedad». Cpd. J. Locke, Segundo tratado sobre el gobierno civil. Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del Gobierno Civil, Tecnos, Madrid, 2006, p. 14.  

[4] J. Locke, Ensayo y carta sobre la tolerancia, Alianza Editorial, Madrid 1999, p. 66.  

[5] J. Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, Fondo de Cúltura Económica, México 2005,p. 337.

[6] T. Greco, Prima il dovere. Una critica della filosofia dei diritti, in a cura di S. Mattarelli, Il senso della Repubblica. Doveri, Franco Angeli, Milano 2007, p. 15. La traducción en el texto es mía.

[7] https://www.ilsole24ore.com/art/coronavirus-corsa-supermercati-ma-non-c-e-rischio-scaffali-vuoti-AC24keLB?refresh_ce=1

[8] https://www.open.online/2020/03/10/coronavirus-fila-notte-fuori-supermercati-dopo-ultimo-decreto/

[9] Nombre comercial de un desinfectante a base de hipoclorito de sodio. 

[10] https://www.repubblica.it/cronaca/2020/02/23/news/coronavirus_amuchina_mascherine-249358877/

[11] J. Saramago, Ensayo sobre la ceguera, Santillana, Madrid 1996.

[12] A. Camus, La Peste, Bompiani, Milano 2011.

[13] A. Spadaro, Dai “diritti individuali” ai “doveri globali”. La giustizia distributiva internazionale nell’età della globalizzazione, Rubbettino, Soveria Mannelli 2005, p. 37. La traducción en el texto es mía.

[14] J. Saramago, Ensayos sobre la ceguera cit. p. 26. 

[15] El sentimiento se encuentra en los habitantes de Orán, descriptos por Camus. Hasta que están seguros que el morbo no los contagiará, se desinteresan, salvo después mudar radicalmente postura, cuando llegan a ser victímas de la peste. Cpd. A. Camus, La Peste cit. p. 15.   

[16] https://www.huffingtonpost.it/entry/la-teoria-di-zaia-sul-virus-nato-in-cina-non-si-lavano-e-mangiano-topi_it_5e593836c5b60102210fe678

[17] https://www.ilmessaggero.it/italia/coronavirus_ragazzo_cinese_aggedito_veneto-5076238.html

[18] https://www.corriere.it/cronache/20_febbraio_24/gli-sciacalli-coronavirus-attenti-chi-vi-telefona-fare-tampone-492ab498-56fc-11ea-b89d-a5ca249e9e1e.shtml

[19] J. Saramago, Ensayos sobre la ceguera cit. p. 88.

[20] A. Manzoni, I Promessi Sposi, a cura di A. Marchese, Mondadori, Milano, pp. 573-578.

[21] G. Boccaccio, Decameron, a cura di B. Vittore, Utet, Torino 1956, p. 9.

[22] Cfr. A. Coseddu, I sentieri del giurista sulle tracce della fraternità. Ordinamenti a confronto, Torino, Giappichelli, 2016, p. 5. La traducción en el texto es mía.

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